La doctora… sí paga
Historias nocturnas en Uber: La doctora... sí paga
Era sábado, bueno, habían pasado casi dos horas. Avanzaba la madrugada en esos días de lluvia, aunque esta había pasado.
Pretendía retornar de alguna
colonia de la zona 7, de las que quedan a la derecha de la calzada San Juan
cuando suena la alerta del Uber. Acepto la notificación y aparece el nombre de
mujer.
Marco el número para
confirmar el servicio y ubicación. Responde un joven y se oyen voces al fondo. Pienso:
Andan de fiesta, buscarán otro sitio para continuar o buscarán el retorno para
descansar.
Llego al lugar, en la
San Juan, donde cuatro o cinco jóvenes rodean un taxi blanco, en apariencia
negociando el servicio. Me quedó retirado y marco otra vez. Un joven responde y
les dice “¡Llegó el Uber!”, vonos.
Se acerca el grupo, son
5. Les explico que el costo se sabe al llegar a su destino. Comentan que van
cerca, a un hotel por zona 11. Una jovencita se adelanta al grupo e insiste en
el costo. Está muy tomada. Entre dos la sostienen.
En la plática, uno
decide irse a su casa. “Si no llego me matan mañana”, sentencia. Otros dos
–hombre y mujer- se le unen, y se separan. Queda una pareja, la jovencita muy
tomada y un amigo.
Los llevo a su destino.
Son Q20, pero ninguno de los dos tiene. Ella hurga en su cartera: ofrece una
blusa, un suéter, su carné de doctora, ya casi se gradúa, dijo. Me lo extiene,
es un documento para hacer alguna práctica con su foto. Es muy joven.
El acompañante dice que
no tiene nada de dinero, “ni un peso”, le responde a su amiga. Me ofrece su
celular: “Es de tarjeta”, afirmó. No lo acepto. Él se baja a tocar la puerta
del hotel… Ella sigue sentada atrás, busca y busca en su bolso: un lápicero,
“mire, está bonito”, un lápiz, maquillaje…
Vuelve el joven y le
pide bajarse. Él insiste y me pasa su celular, lo pone en el asiento del
copiloto. Se lo devuelvo. Le explico que tengo más de 10 minutos de esperar el
pago y por enésima vez les digo que me llamen después.
Es lunes… cuando recibo
una llamada. Es la joven, se disculpa y me ofrece pagar el resto de la deuda.
Dos semanas después me vuelve a llamar, está en zona 1, necesita viajar a su
casa a zona 7.
La llevo, platicamos en
el viaje. Se lamenta haber tomado bastante. Le explico el riesgo para ella, si
su amigo abusa estando tan ebria. Recapacita y dice que no se quedaron en el
hotel, no tenían dinero y asiente que no volverá a tomar tanto. Está en segundo
año de Medicina en la USAC y le va muy bien.
Agradece el consejo y
la paciencia de aquella madrugada. Recuerda que, por problemas en su casa,
debido al mal trato del padre hacia la mamá, esa noche estaba “de bajón.
Deprimida pues. Usted sabe…”.
Llega a su destino,
cancela cuenta y deuda. La doctora había pagado. Agradece y se despide.
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